MarÃa
MarÃa —Pero porque le parezcas bonita tú, en lo cual maldita la gracia que hace, ¿han de parecerle también bonitas cuantas ve?
—Por eso.
Yo me reà de la respuesta, y ella torciendo los ojos, dijo:
—¡Velay! ¿Y eso que cosquillas le hace?
—Pero ¿no ves que estás haciendo lo mismo con Tiburcio, exactamente lo mismo que lo que hace contigo?
—¡Válgame Dios! ¿Yo que hago?
—Pues estar celosa.
—¡Eso sà que no!
—¿No?
—¿Y si él lo ha querido? A mà nadie me quita de la cabeza que si ñor José lo consintiera, ese veleidoso se casarÃa con LucÃa, y a no ser porque Tránsito es ajena ya, hasta con ambas, si lo dejaran.
—Pues sábete que LucÃa quiere desde que estaba chiquita a un hermano de Braulio que pronto vendrá; y no te quepa duda, porque Tránsito me lo ha contado.
Salomé se quedó pensativa. Llegábamos ya al fin del cacaotal, y sentándose en un tronco, me dijo meciendo con los pies colgantes una mata de buenastardes:
—Conque diga, ¿qué le parece bueno hacer?
—¿Me das permiso para referirle a Tiburcio lo que hemos conversado?