MarÃa
MarÃa —No, no. Por lo que usté más quiera, no lo vaya a hacer.
—Si solamente te pregunto si lo consientes.
—¿Todito?
—Las quejas sin los agravios.
—Si es que cada vez que me acuerdo de lo que se figura él de mÃ, no sé ni lo que digo… Vea: se me pone que es mejor no contarle, porque si ya no me quiere, después andará diciendo que me cansé de llorar por él, y que lo quise contentar.
—Entonces, convéncete, Salomé, de que no hay modo de remediar tus penas.
—¡Ah trabajo! —exclamó poniéndose a llorar.
—Vamos, no seas cobarde —le dije apartándole las manos de la cara—: lágrimas de tus ojos valen mucho para que las derrames a chorros.
—Si Tiburcio creyera eso, no me pasarÃa yo las noches llorando hasta que me quedo dormida, de verlo tan ingrato y ver que por él mi taita me ha cogido tema.
—¿Qué quieres apostar conmigo a que mañana en la tarde viene Tiburcio a verte y a contentarte?
—¡Ay!, le confieso que no tendrÃa con qué pagarle —me respondió estrechándome la mano en las suyas, y acercándola a su mejilla—. ¿Me lo promete?
—Muy desgraciado y tonto debo ser si no lo consigo.