MarÃa
MarÃa —Vea que le cojo la palabra. Pero por vida suya no vaya a contarle a Tiburcio que hemos estado asà tan solitos y… Porque vuelve a dar en lo del otro dÃa, y eso sà era echarlo todo a perder. Ahora —añadió empezando a subir el cerco— voltéese para allá y no me vea saltar, o saltemos juntos.
—Escrupulosa andas; no lo eras tanto.
—Si es que todos los dÃas le cojo más vergüenza. Súbase pues.
Mas como sucedió que Salomé, para caer al otro lado, encontró dificultades que no encontré yo, quedóse sentada encima de la cerca diciéndome:
—Miren al niño; diga algo. Pues ahora no he de bajar si no se voltea.
—Déjame que te ayude; ve que se hace tarde y mi comadre…
—¿Acaso ella es como aquél?… Y asina, ¿cómo quiere que me baje? ¿No ve que si me enredo?…
—Déjate de monadas y apóyate aquà —le dije presentándole mi hombro.
—Haga fuerza, pues, porque yo peso como… una pluma —concluyó saltando ágilmente—. Me voy a poner creidÃsima, porque conozco muchas blancas que ya quisieran saltar asà talanqueras.
—Eres una boquirrubia.
—¿Eso es lo mismo que piquicaliente? Porque entonces voy a entromparme con usté.