MarÃa
MarÃa —¿Vas a qué?
—¡Adiós!… ¿Y no entiende?, pues que voy a enojarme. ¿Qué hiciera yo para saber cómo es usté cuando se pone bien bravo? Es antojo que tengo.
—¿Y si después no podÃas contentarme?
—¡Ayayay! No habré visto yo que se le vuelve el corazón un yuyo si me ve llorando.
—Pero eso será porque conozco que no lo haces por coqueterÃa.
—¿Que no lo hago qué? ¿Cómo es el cuento?
—Co-que-te-rÃa.
—Y eso ¿qué quiere decir? DÃgame, que de veras no sé… sólo que sea cosa mala… Entonces me la tiene muy guardadita, ¿ya l’oye?
—¡Buen negocio!, mientras tú la desperdicias.
—A ver, a ver: di’aquà no paso si no dice.
—Me iré solo —le respondà dando unos pasos.
—¡Jesús!, era yo capaz hasta de revolverle l’agua. ¿Y con qué sábana se secaba?… Nada, dÃgame qué es lo que yo desperdicio. Ya se me va poniendo qué es.
—Di.
—Será… ¿será amor?
—Lo mismo.
—¿Y qué remedio? ¿Porque quiero a ese creÃdo? Si fuera blanca, pero bien blanca; rica pero bien rica… sà que lo querrÃa a usté; ¿no?