MarÃa
MarÃa —¿Te parece asÃ? ¿Y qué hacÃamos con Tiburcio?
—¿Con Tiburcio? Por amigo de tenderle l’ala a todas, lo ponÃamos de mayordomo y lo tenÃamos aquà —dijo cerrando la mano.
—No me convendrÃa el plan.
—¿Por qué? ¿No le gustarÃa que yo lo quisiera?
—No es eso, sino el destino que te agrada para Tiburcio.
Salomé rió con toda gana.
HabÃamos llegado al riecito, y ella después de poner la sábana sobre el césped que debÃa servirme de asiento en la sombra, se arrodilló en una piedra y se puso a lavarse la cara. Luego que acabó, iba a desatarse de la cintura un pañuelo para secarse, y le presenté la sábana diciéndole:
—Eso te hará mal si no te bañas.
—Casi… casi que vuelvo a bañarme; y que está l’agua tan tibiecita; pero usté refrésquese un rato; y ora que venga FermÃn, mientras usté acaba, doy una zambullida yo en el charco de abajo.
En pie ya, se quedó mirándome, y sonreÃa maliciosa mientras se pasaba las manos húmedas por los cabellos. Al fin me dijo:
—¿Me creerá que yo me he soñado que era cierto todo lo que le venÃa diciendo?