María

María

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—¿Que Tiburcio no te quería ya?

—¡Malaya!, que yo era blanca… Cuando desperté, me entró una pesadumbre tan grande, al otro día era domingo y en la parroquia no pensé sino en el sueño mientras duró la misa: sentada lavando ahí donde usté está, cavilé toda la semana con eso mismo y…

Interrumpieron las inocentes confidencias de Salomé los gritos de «¡chino, chino!», que hacia el lado del cacaotal daba mi compadre llamando a los cerdos. Salomé se asustó un poco, y mirando en torno, dijo:

—Y este Fermín que se ha vuelto humo… Báñese pronto, pues, que yo voy a buscarlo río arriba, no sea que se largue sin esperarnos.

—Espéralo aquí, que él vendrá a buscarte. Todo eso es porque has oído a mi compadre. ¿Te figuras que a él no le gusta que conversemos los dos?

—Que conversemos sí, pero… según.

Saltando con suma agilidad sobre las grandes piedras de la orilla, desapareció tras de los carboneros frondosos.


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