María
María Los gritos del compadre seguían y me hicieron pensar que la confianza de él en mí tenía sus límites. Sin duda nos había seguido de lejos por entre el cacaotal, y solamente al perdernos de vista se había resuelto a llamar la piara. Custodio ignoraba que su recomendación estaba ya diplomáticamente cumplida, y que a los mil encantos de su hija, alma ninguna podía ser más ciega y sorda que la mía.
Regresé a la casa al paso de Salomé y de Fermín, que iban cargados con zumbos de calabaza: ella había hecho un rodete de su pañuelo y colocado en la cabeza sobre él el rústico cántaro, que sin ser sostenido por mano alguna, no impedía al donoso cuerpo de la conductora ostentar toda su soltura y gracia de movimientos.
Luego que saltó Salomé como la vez primera, me dio las gracias con un «Dios se lo pague» y su más chusca sonrisa, añadiendo:
—En pago de esto, estuve echando del lado de arriba mientras se bañaba, guabitas, flores de carbonero y venturosas; ¿no las vio?
—Sí, pero creí que alguna partida de monos estaría por ahí arriba.
—Lo desentendido que es usté; y que en ainas me doy una caída por subirme al guabo.
—¿Y eres tan boba que creas que no caí en la cuenta de que eras tú quien echaba río abajo las flores?