MarĂ­a

MarĂ­a

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—Y yo tengo cosas muy tristes que decirte —continuó después de unos momentos de silencio—; tan tristes, que son la causa de mi enfermedad. Tú estabas en la montaña… Mamá lo sabe todo; y yo oí que papá le decía a ella que mi madre había muerto de un mal cuyo nombre no alcancé a oír; que tú estabas destinado a hacer una bella carrera; y que yo… ¡ah! yo no sé si es cierto lo que oí… será que no merezco que seas como eres conmigo.

De sus ojos velados rodaron a sus mejillas cálidas, lágrimas que se apresuró a enjugar.

—No digas eso, María, no lo pienses —le dije—; no; yo te lo suplico.

—Pero si yo lo he oído, y después fue cuando no supe de mí… ¿Por qué, entonces?

—Mira, yo te ruego… yo… ¿Quieres permitirme te mande que no hables más de eso?

HabĂ­a dejado ella caer la frente sobre el brazo en que se apoyaba y cuya mano estrechaba yo entre las mĂ­as, cuando oĂ­ en la pieza inmediata el ruido de los ropajes de Emma, que se acercaba.


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