MarÃa
MarÃa —El doctor a caballo es una maula; y su mula pacienzuda no es lo mismo que un buen caballo.
—El hombre que vive en la casita del paso —me interrumpió MarÃa— al reconocer esta mañana tu caballo negro, se admiró de que no se hubiese ahogado el jinete que anoche se botó al rÃo a tiempo que él le gritaba que no habÃa vado. ¡Ay! No, no, yo no quiero volver a enfermarme. ¿No te ha dicho el doctor que no tendré ya novedad?
—Sà —le respond×; y me ha prometido no dejar pasar dos dÃas seguidos en estos quince sin venir a verte.
—Entonces no tendrás que hacer otro viaje de noche. ¿Qué habrÃa yo hecho si…
—Me habrÃas llorado mucho, ¿no es verdad? —repliqué sonriéndome.
Miróme por algunos momentos, y yo agregué:
—¿Puedo acaso estar cierto de morir en cualquier tiempo convencido de…
—¿De qué?
Y adivinando lo demás en mi mirada:
—¡Siempre, siempre! —añadió casi en secreto, aparentando examinar los hermosos encajes de los almohadones.