María

María

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16

En la tarde del mismo día se despidió de nosotros el doctor, después de dejar casi completamente restablecida a María y de haberle prescrito un régimen para evitar la repetición del acceso, aunque prometió visitar a la enferma con frecuencia. Yo sentía un alivio indecible al oírle asegurar que no había peligro alguno, y por él, doble cariño del que hasta entonces le había profesado, solamente porque tan pronta reposición pronosticaba a María. Entré a la habitación de ésta, luego que el médico y mi padre, que iba a acompañarlo en una legua de camino, se pusieron en marcha.

Estaba acabando de trenzarse los cabellos viéndose en un espejo que mi hermana sostenía sobre los almohadones. Apartando ruborizada el mueble me dijo:

—Estas no son ocupaciones de enferma, ¿no es verdad?, pero ya estoy buena. Espero no volver a ocasionarte un viaje tan peligroso como el de anoche.

—En ese viaje no ha habido peligros —le respondí.

—¡El río, sí, el río! Yo pensé en eso y tantas cosas que podían sucederte por causa mía.

—¿Un viaje de tres leguas? ¿Esto llamas?…

—Ese viaje en que has podido ahogarte, según refirió aquí el doctor, tan sorprendido, que aún no me había pulsado y ya hablaba de eso. Tú y él al regreso habéis tenido que aguardar dos horas para que bajase el río.


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