MarÃa
MarÃa En la tarde del mismo dÃa se despidió de nosotros el doctor, después de dejar casi completamente restablecida a MarÃa y de haberle prescrito un régimen para evitar la repetición del acceso, aunque prometió visitar a la enferma con frecuencia. Yo sentÃa un alivio indecible al oÃrle asegurar que no habÃa peligro alguno, y por él, doble cariño del que hasta entonces le habÃa profesado, solamente porque tan pronta reposición pronosticaba a MarÃa. Entré a la habitación de ésta, luego que el médico y mi padre, que iba a acompañarlo en una legua de camino, se pusieron en marcha.
Estaba acabando de trenzarse los cabellos viéndose en un espejo que mi hermana sostenÃa sobre los almohadones. Apartando ruborizada el mueble me dijo:
—Estas no son ocupaciones de enferma, ¿no es verdad?, pero ya estoy buena. Espero no volver a ocasionarte un viaje tan peligroso como el de anoche.
—En ese viaje no ha habido peligros —le respondÃ.
—¡El rÃo, sÃ, el rÃo! Yo pensé en eso y tantas cosas que podÃan sucederte por causa mÃa.
—¿Un viaje de tres leguas? ¿Esto llamas?…
—Ese viaje en que has podido ahogarte, según refirió aquà el doctor, tan sorprendido, que aún no me habÃa pulsado y ya hablaba de eso. Tú y él al regreso habéis tenido que aguardar dos horas para que bajase el rÃo.