MarÃa
MarÃa Aquella noche, a la hora de la cena, estábamos en el comedor mis hermanas y yo esperando a mis padres, que tardaban más tiempo del acostumbrado. Por último se les oyó hablar en el salón como dando fin a una conversación importante. La noble fisonomÃa de mi padre mostraba, en la ligera contracción de las extremidades de sus labios y en la pequeña arruga que por en medio de las cejas le surcaba la frente, que acababa de sostener una lucha moral que lo habÃa alterado. Mi madre estaba pálida, pero sin hacer el menor esfuerzo para mostrarse tranquila, me dijo al sentarse a la mesa:
—No me habÃa acordado de decirte que José estuvo esta mañana a vernos y a convidarte para una cacerÃa; mas cuando supo la novedad ocurrida, prometió volver mañana muy temprano. ¿Sabes tú si es cierto que se casa una de sus hijas?
—Tratará de consultarte su proyecto —observó distraÃdamente mi padre.
—Se trata probablemente de una cacerÃa de osos —le respondÃ.
—¿De osos? ¡Qué! ¿Cazas tú osos?
—SÃ, señor; es una cacerÃa divertida que he hecho con él algunas veces.
—En mi paÃs —repuso mi padre— te tendrÃan por un bárbaro o por un héroe.