MarÃa
MarÃa —Y sin embargo, esa clase de partidas es menos peligrosa que la de venados, que se hace todos los dÃas y en todas partes; pues aquélla, en lugar de exigir los cazadores el que tiren a derrumbarse desatentados por entre breñas y cascadas, necesita solamente un poco de agilidad y punterÃa certera.
Mi padre, sin dejar ver ya en el semblante el ceño que antes tenÃa, habló de la manera como se cazan ciervos en Jamaica y de lo aficionados que habÃan sus parientes a esa clase de pasatiempo, distinguiéndose entre ellos, por su tenacidad, destreza y entusiasmo, Salomón, de quien nos refirió, riendo ya, algunas anécdotas.
Al levantarnos de la mesa, se acercó a mà para decirme:
—Tu madre y yo tenemos que hablar algo contigo; ven luego a mi cuarto.
A tiempo que entraba a él, mi padre escribÃa dando la espalda a mi madre, que se hallaba en la parte menos alumbrada de la habitación, sentada en la butaca que ocupaba siempre que se detenÃa allÃ.
—Siéntate —me dijo él, dejando por un momento de escribir y mirándome por encima de los espejuelos, que eran de vidrios blancos y fino engaste de oro.
Pasados algunos minutos, habiendo colocado cuidadosamente en su lugar el libro de cuentas en que estaba escribiendo, acercó un asiento al que yo ocupaba, y en voz baja habló asÃ: