MarÃa
MarÃa Los perros parecÃan estar al corriente de lo que habÃa sucedido: no bien los soltamos, cumpliendo la orden de Braulio, mientras José le ayudaba a pasar el rÃo, desaparecieron a nuestra derecha por entre los cañaverales.
—¡Quietos!— volvió a gritar Braulio, ganando ya la ribera; y mientras cargaba precipitadamente la escopeta, divisándome a mÃ, agregó:
—Usted aquÃ, patrón.
Los perros perseguÃan de cerca la presa, que no debÃa de tener fácil salida, puesto que los ladridos venÃan de un mismo punto de la falda.
Braulio tomó una lanza de manos de José, diciéndonos a los dos:
—Ustedes más abajo y más altos, para cuidar este paso, porque el tigre volverá sobre su rastro si se nos escapa de donde está. Tiburcio con ustedes— agregó.
Y dirigiéndose a Lucas:
—Los dos a costear el peñón por arriba.
Luego, con su sonrisa dulce de siempre, terminó al colocar con pulso firme un pistón en la chimenea de la escopeta:
—Es un gatico, y está ya herido.
En diciendo las últimas palabras nos dispersamos.