MarÃa
MarÃa —¿Lo arrostrarÃas todo?
—¡Todo, todo!
—Creo que no solamente hablo con un hijo sino con el caballero que en ti he tratado de formar.
Mi madre ocultó en ese momento el rostro en el pañuelo. Mi padre, enternecido tal vez por esas lágrimas y acaso también por la resolución que en mà encontraba, conociendo que la voz iba a faltarle, dejó por unos instantes de hablar.
—Pues bien —continuó—; puesto que esa noble resolución te anima, convendrás conmigo en que antes de cinco años no podrás ser esposo de MarÃa. No soy yo quien debe decirte que ella, después de haberte amado desde niña, te ama hoy de tal manera, que emociones intensas, nuevas para ella, son las que, según Mayn, han hecho aparecer los sÃntomas de la enfermedad: es decir que tu amor y el suyo necesitan precauciones y que en adelante exijo me prometas, para tu bien, puesto que tanto asà la amas, y para bien de ella, que seguirás los consejos del doctor, dados por si llegaba este caso. Nada le debes prometer a MarÃa, pues que la promesa de ser su esposo una vez cumplido el plazo que he señalado, harÃa vuestro trato más Ãntimo, que es precisamente lo que se trata de evitar. Inútiles son para ti más explicaciones: siguiendo esa conducta, puedes salvar a MarÃa; puedes evitarnos la desgracia de perderla.