MarÃa
MarÃa Formábamos asà un triángulo los cazadores y la pieza, pudiendo ambos grupos disparar a un tiempo sobre ella sin ofendernos mutuamente.
—¡Fuego todos a un tiempo!— gritó José.
—¡No, no; los perros! —respondió Braulio—; y dejando solo a su compañero, desapareció.
Comprendà que un disparo general podÃa terminarlo todo; pero era cierto que algunos perros sucumbirÃan; y no muriendo el tigre, le era fácil hacer una diablura encontrándonos sin armas cargadas.
La cabeza de Braulio, con la boca entreabierta y jadeante, los ojos desplegados y la cabellera revuelta, asomó por entre el cañaveral, un poco atrás de los árboles que defendÃan la espalda de la fiera: en el brazo derecho llevaba enristrada la lanza, y con el izquierdo desviaba los bejucos que le impedÃan ver bien.
Todos quedamos mudos; los perros mismos parecÃan interesados en el fin de la partida.
José gritó al fin:
—¡Hubi! ¡Mataleón! ¡Hubi! ¡PÃcalo! ¡Truncho!
No convenÃa dar tregua a la fiera, y se evitaba asà riesgo mayor a Braulio.
Los perros volvieron al ataque simultáneamente. Otro de ellos quedó muerto sin dar un quejido.
El tigre lanzó un maullido horroroso.