MarÃa
MarÃa —¿Para qué es negarlo? Carlos es muchacho trabajador: luego que se convenza de que no puede ser hacendado si no deja antes a un lado los guantes y el paraguas, tiene que irle bien. TodavÃa se burla de mà porque enlazo, hago talanquera y barbeo muletos; pero él tiene que hacer lo mismo o reventar. ¿No lo has visto?
—No.
—Pues ya lo verás. ¿Me crees que no va a bañarse al rÃo cuando el sol está fuerte, y que si no le ensillan el caballo no monta; todo por no ponerse moreno y por no ensuciarse las manos? Por lo demás es un caballero, eso sÃ: no hace ocho dÃas me sacó de un apuro prestándome doscientos patacones que necesitaba para comprar unas novillonas. El sabe que no lo echa en saco roto; pero eso es lo que se llama servir a tiempo. En cuanto a su matrimonio… te voy a decir una cosa, si me ofreces no chamuscarte.
—Di, hombre, di lo que quieras.
—En tu casa como que viven con mucho tono; y se me figura que una de esas niñas criadas entre holán, como las de los cuentos, necesita ser tratada como cosa bendita.
Y soltó una carcajada y prosiguió: