MarÃa
MarÃa —Lo digo porque ese don Jerónimo, padre de Carlos, tiene más cáscaras que un sietecueros y es bravo como un ajà chivato. Mi padre no lo puede ver desde que lo tiene metido en un pleito por linderos y yo no sé qué más. El dÃa que lo encuentra tenemos que ponerle por la noche fomentos de yerbamora y darle friegas de aguardiente con malambo.
HabÃamos llegado al lugar del rodeo. En medio del corral, a la sombra de un guásimo y al través de la polvareda levantada por la torada en movimiento, descubrà a don Ignacio, quien se acercó a saludarme. Montaba un cuartago rosillo y cotudo, enjaezado con un galápago cuyo lustre y deterioro proclamaban sus merecimientos. La exigua figura del rico propietario estaba decorada asÃ: zamarros de león raÃdos y con capellada; espuelas de plata con rodajas encascabeladas; chaqueta de género sin aplanchar y ruana blanca recargada de almidón; coronándolo todo un enorme sombrero de jipijapa, de esos que llaman cuando va al galope quien los lleva: bajo su sombra hacÃan la tamaña nariz y los ojillos azules de don Ignacio, el mismo juego que en la cabeza de un paletón disecado, los granates que lleva por pupilas y el prolongado pico.
Dije a don Ignacio lo que mi padre me habÃa encargado acerca del ganado que debÃan cebar en compañÃa.