MarÃa
MarÃa MarÃa, resentida tal vez conmigo, esquivaba mirarme. Estaba bella más que nunca, asà ligeramente pálida. Llevaba un traje de gasa negra profusamente salpicado de uvillas azules, cuya falda, cayendo en numerosÃsimos pliegues, susurraba cuando ella andaba tan quedo como las brisas de la noche en los rosales de mi ventana. TenÃa el pecho cubierto con una pañoleta transparente del mismo color del traje, la que parecÃa no atreverse a tocar ni la base de su garganta de tez de azucena; pendiente de ésta, en un cordón de pelo negro, brillaba una crucecita de diamantes; la cabellera, dividida en dos trenzas de abundantes guedejas, le ocultaba a medias las sienes y ondeaba en sus espaldas.
La conversación se habÃa hecho general; y mi hermana me preguntó casi en secreto por qué habÃa preferido aquel asiento. Yo le respondà con un «asà debe ser» que no la satisfizo: miróme con extrañeza y buscó luego en vano los ojos de MarÃa: estaban tenazmente velados por sus párpados de raso-perla.
Levantados los manteles, se hizo la oración de costumbre. Nos invitó mi madre a pasar al salón: don Jerónimo y mi padre se quedaron a la mesa hablando de sus empresas de campo.