MarÃa
MarÃa Presentéle a Carlos la guitarra de mi hermana, pues sabÃa que él tocaba bastante bien ese instrumento. Después de algunas instancias convino en tocar algo. Preguntó a Emma y a MarÃa, mientras templaba, si no eran aficionadas al baile; y como se dirigiese en particular a la última, ella le respondió que nunca habÃa bailado.
El se volvió hacia mÃ, que regresaba en ese momento de mi cuarto, diciéndome:
—¡Hombre!, ¿es posible?
—¿Qué?
—Que no hayas dado algunas lecciones de baile a tu hermana y a tu prima. No te creÃa tan egoÃsta. ¿O será que Matilde te impuso por condición que no generalizaras sus conocimientos?
—Ella confió en los tuyos para hacer del Cauca un paraÃso de bailarines —le contesté.
—¿En los mÃos? Me obligas a confesar a las señoritas que habrÃa aprovechado más, si tú no hubieras asistido a tomar lecciones al mismo tiempo que yo.
—Pero eso consistió en que ella tenÃa esperanza de satisfacerte en el diciembre pasado, puesto que esperaba verte en el primer baile que se diese en Chapinero.
La guitarra estaba templada y Carlos tocó una contradanza que él y yo tenÃamos motivos para no olvidar.