María

María

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—Está bien —me respondió—. Ya ve que la novillada no puede ser mejor; todos parecen unas torres. ¿No quiere entrar a divertirse un rato?

A Emigdio se le iban los ojos viendo la faena de los vaqueros en el corral.

—¡Ah Tuso! —gritó—; cuidado con aflojar el pial8 ¡A la cola! ¡A la cola!

Me excusé con don Ignacio, dándole al mismo tiempo las gracias; él continuó:

—Nada, nada; los bogotanos les tienen miedo al Sol y a los toros bravos; por eso los muchachos se echan a perder en los colegios de allá. No me dejará mentir ese niño bonito hijo de don Chomo: a las siete de la mañana lo he encontrado de camino aforrado con un pañuelo, de modo que no se le veía sino un ojo, ¡y con paraguas!… Usted, por lo que veo, siquiera no usa esas cosas.

En ese momento gritaba el vaquero, que con la marca candente empuñada iba aplicándosela en la paleta a varios toros tendidos y maniatados en el corral: «Otro… otro…». A cada uno de esos gritos seguía un berrido, y hacía don Ignacio con su cortaplumas una muesquecilla más en una varita de guásimo que le servía de fuete.


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