MarÃa
MarÃa —¿Qué te acuerda esta pieza? —preguntóme poniéndose la guitarra perpendicularmente sobre las rodillas.
—Muchas cosas, aunque ninguna en particular.
—¿Ninguna?, ¿y aquel lance jocoserio que tuvo lugar entre los dos, en casa de la señora… ?
—¡Ah!, sÃ; ya caigo.
—Se trataba —dijo— de evitar un mal rato a nuestra puntillosa maestra: tú ibas a bailar con ella, y yo…
—Se trataba de saber cuál de nuestras parejas debÃa poner la contradanza.
—Y debes confesarme que triunfé, pues te cedà mi puesto —replicó Carlos riendo.
—Yo tuve la fortuna de no verme obligado a insistir. Haznos el favor de cantar.
Mientras duró este diálogo, MarÃa, que ocupaba con mi hermana el sofá a cuyo frente estábamos Carlos y yo, fijó por un instante la mirada en mi interlocutor, para notar al punto lo que sólo para ella era evidente, que yo estaba contrariado; y fingió luego distraerse en anudar sobre el regazo los rizos de las extremidades de sus trenzas.
Insistió mi madre en que Carlos cantara. El entonó con voz llena y sonora una canción que andaba en boga en aquellos dÃas, la cual empezaba asÃ:
El ronco son de la guerrera trompa