María

María

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Llamó tal vez a la sangrienta lid,

Y entre el rumor de belicosa pompa

Marcha contento al campo el adalid.

Una vez que Carlos dio fin a su trova, suplicó a mi hermana y a María que cantasen también. Esta parecía no haber oído de qué se trataba.

¿Habrá Carlos descubierto mi amor, me decía yo, y complacídose por eso en hablar así? Me convencí después de que lo había juzgado mal, de que si él era capaz de una ligereza, nunca lo sería de una malignidad.

Emma estaba pronta. Acercándose a María, le dijo:

—¿Cantamos?

—¿Pero qué puedo yo cantar? —le respondió.

Me aproximé a María para decirle a media voz:

—¿No hay nada que te guste cantar, nada?

Miróme entonces como lo hacía siempre al decirle yo algo en el tono con que pronuncié aquellas palabras: y jugó un instante en sus labios una sonrisa semejante a la de una linda niña que se despierta acariciada por los besos de su madre.

—Sí, las Hadas —contestó.


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