MarÃa
MarÃa Riose él de buena gana, observándome al colocarlos en la horqueta de un árbol distante:
—¿Quieres que todo huela a rosas? El hombre debe oler a chivo.
—Seguramente; y en prueba de que lo crees, llevas en tus zamarros todo el almizcle de un cabrero.
Durante nuestro baño, sea que la noche y la orilla de un hermoso rÃo dispongan el ánimo a hacer confidencias, sea que yo me diese trazas para que mi amigo me las hiciera, confesóme que después de haber guardado por algún tiempo como reliquia el recuerdo de Micaelina, se habÃa enamorado locamente de una preciosa ñapanguita, debilidad que procuraba esconder a la malicia de don Ignacio, pues que éste habÃa de pretender desbaratarle todo, porque la muchacha no era señora; y en fin de fines raciocinó asÃ:
—¡Como si pudiera convenirme a mà casarme con una señora, para que resultara de todo que tuviera que servirle yo a ella en vez de ser el servido! Y por más caballero que yo sea, ¿qué diablos iba a hacer con una mujer de esa laya? Pero si conocieras a Zoila… ¡Hombre!, no te pondero; hasta le harÃas versos… ¡Qué versos!, se te volverÃa la boca agua: sus ojos son capaces de hacer ver a un ciego; tiene la risa más ladina, los pies más lindos, y una cintura que…