La isla bajo el mar
La isla bajo el mar Zarité tenía solo nueve años cuando fue vendida. Su infancia, breve y marcada por el miedo y la incertidumbre, terminó el día en que un comerciante la entregó a su nuevo amo: Toulouse Valmorain. Él era un joven francés que había llegado a la isla para hacerse cargo de la plantación que su padre había dejado. Valmorain no era un hombre brutal en apariencia, pero su frialdad y la indiferencia con la que manejaba las vidas de aquellos que le pertenecían revelaban una crueldad mucho más sutil. Para él, Zarité era solo una más entre los muchos esclavos que pasaban por su propiedad, una niña cuya existencia apenas registraba, excepto cuando le servía alguna función práctica.
La vida de Zarité en la plantación de Valmorain fue una rutina agotadora de trabajo físico y abusos. Sin embargo, en su interior, algo permanecía intacto: su conexión con sus raíces africanas. Los tambores de Dahomey resonaban en sus venas, aunque los blancos prohibían esa música. En silencio, cuando las luces de la casa grande se apagaban y solo quedaba la luna para iluminar el mundo, Zarité bailaba. Su cuerpo, adolorido por el trabajo, encontraba alivio en el movimiento, en el ritmo secreto que solo ella oía. Era en esos momentos, en la soledad de la noche, cuando se sentía libre. Aunque sus pies pisaban la tierra de Saint-Domingue, su espíritu volaba a lugares donde los grilletes no existían.
