Mi nombre es Emilia del Valle
Mi nombre es Emilia del Valle Don Pancho, sabio, pragmático, intenta compensar esa ausencia con amor incondicional. Pero Emilia siente el peso del apellido que su madre insiste en imponerle: Del Valle. Años después sabrá que ese apellido es tanto una maldición como una llave. Que lleva en la sangre una historia que no pidió, pero que no podrá evitar enfrentar.
La primera parte sienta las bases de una vida marcada por la ambigüedad: amor profundo y rechazo tácito, orgullo y abandono, promesa y silencio. Emilia, aún niña, comienza a intuir que su historia no será simple. Que tendrá que escribirla con su propia mano, incluso si eso significa enfrentarse a los fantasmas que la miran desde un retrato polvoriento junto a un arpa que nunca sonó.
Antes de que Emilia naciera, Molly Walsh fue algo más que una mujer decidida: fue una santa en formación. Criada por monjas mexicanas tras quedar huérfana en la fiebre del oro, creció en un convento donde su devoción rozaba la obsesión. A los quince años, su vocación era clara: servir a Dios, ayunar hasta el desmayo, y purgar cualquier deseo humano. Las monjas la llamaban “Santa Molly”, y la preparaban para tomar los votos.
