Mi nombre es Emilia del Valle
Mi nombre es Emilia del Valle Desesperada, regresa donde el único hombre que siempre la respetó: don Pancho. Él la recibe sin preguntas. Le ofrece su casa. Y luego, su apellido.
—No me amas —dice ella, perpleja—. —Con el tiempo lo harás —responde él.
Se casan entre fiesta y vergüenza, entre sotol, tortillas y lágrimas. Molly, vestida de sencillo blanco, es madre poco después: nace Emilia. El apellido es una batalla. —Se llamará Del Valle —dicta Molly—. Porque ese hombre le debe una herencia. —Se llamará Claro —insiste don Pancho—. Porque ese hombre no merece tener hijos.
Molly se convierte en una madre estricta, marcada por el dolor. Ama a su hija, pero la crianza es más penitencia que ternura. Don Pancho, en cambio, le da todo: atención, afecto, complicidad. Emilia crece entre estos dos polos: el amor templado del sabio y el rencor congelado de la mártir.
Asà se forja el núcleo emocional de Emilia. Su origen no es solo una falta, es una fractura que divide su alma. Por un lado, la devoción y la culpa de su madre; por otro, la curiosidad y la irreverencia de su padrastro. En el medio, ella. Una hija del abandono, criada por un hombre que no fue su padre, pero que decidió serlo.
