Paula
Paula Pero los demonios internos no desaparecen. La historia familiar de enfermedades, miedos y exilios pesa. Paula, ya adulta, se debate entre la fe y la fragilidad. Se cuestiona a sà misma. —Estoy buscando a Dios y se me escapa, mamá… —le confiesa antes de enfermar.
La porfiria, esa palabra impronunciable, irrumpe con la violencia de lo inesperado. Paula se descompone poco a poco, como si algo dentro de ella estuviera siendo devorado desde siempre. Isabel, lejos, recibe la noticia y corre a Madrid. —Tu nombre se pierde en los vericuetos de este hospital —piensa mientras corre por los pasillos.
El momento del colapso llega sin aviso: vómitos de sangre, convulsiones, la entrada al coma. Isabel está allÃ, impotente. La rodean enfermeros, médicos que hablan de enzimas, de sedantes, de probabilidades. Pero nada sirve. Paula cae. Y con ella, su madre entra a una dimensión paralela donde el tiempo se disuelve.
Willie viaja desde California, la familia llega desde Chile. Todos se turnan en la vigilia. Isabel observa a su hija conectada a tubos, y escribe. Escribe como quien lanza una cuerda al abismo. —Tal vez no puedas oÃrme —le dice—, pero si logro fijarte en palabras, quizás pueda sostenerte.