Paula
Paula Recuerda los viajes, las charlas, los abrazos. Cómo Paula siempre fue una presencia suave, equilibrada. Cómo eligió la compasión antes que la ambición, la sencillez antes que el ruido. Y sin embargo, su cuerpo se ha convertido en prisión. Un castillo sin llaves.
Las visitas se espacian. Los amigos regresan a sus vidas. Solo Isabel permanece, anclada a la silla junto a la cama. —No sé rezar —admite—, pero esto que hago se parece mucho a una plegaria. Una oración escrita con el corazón en ruinas.
Don Manuel, el anciano de la cama vecina, murmura con voz quebrada: —Dios guarde a su niña. Y esas palabras, simples, se le clavan como cuchillas dulces.
El hospital se vuelve un escenario surrealista. Isabel observa los gestos repetidos de los enfermeros, el silencio cargado de los pasillos, la rutina clínica que ignora el drama íntimo que se desborda en su pecho. La tristeza se vuelve física: arena en los pulmones, piedras en los párpados.
Y sin embargo, también hay momentos de belleza. En los relatos que rescata, en los recuerdos que la invaden con una claridad insoportable. Como si Paula le estuviera dictando desde otra dimensión. —Has emprendido un extraño viaje por los médanos de la inconsciencia —escribe—. Yo te acompaño desde este lado del umbral.