Paula
Paula Pero ella no se echó atrás. El matrimonio fue, como lo había predicho una sesión de espiritismo, un desastre. Entre viajes diplomáticos y mudanzas lujosas, descubrió pronto que estaba sola. Aún así, en el transcurso de cuatro años tuvo tres hijos, y aprendió a navegar las sombras con la cabeza erguida.
Tomás se desvanecía en momentos críticos, reaparecía con regalos y evasivas. Isabel lo describe como un fantasma refinado, alguien que se deslizó fuera de sus vidas sin dejar más rastro que rumores de escándalos y perversiones. —Lo visualizo huyendo hacia Machu Picchu disfrazado de india peruana —ironiza, aunque sabe que la herida es real.
En medio de la debacle apareció Ramón, el cónsul. Católico, casado y padre de cuatro hijos, llegó a la casa de la madre de Isabel con una promesa que desafiaba todas las reglas: —De ahora en adelante yo me hago cargo de ti y de tus hijos para siempre.
Esa frase, pronunciada en un cuarto lleno de pañales, llanto y resignación, cambiaría sus destinos. La madre de Isabel regresó a Chile con los niños, la perra, Margara —la criada eterna y silenciosa— y unas bandejas de plata que simbolizaban un pasado que ya no existía.
