Paula
Paula Cuando Salvador Allende —su pariente lejano— ascendió al poder, Isabel vivió el fervor de una izquierda que soñaba con transformar el país. Paula ya había nacido, y Nicolás era un niño. La familia crecía mientras Chile comenzaba a temblar, no solo por los movimientos telúricos, sino por la inestabilidad política.
En ese tiempo, Isabel se convirtió en cronista de su época, no solo con notas periodísticas, sino con cuentos. Su impulso era contar. —La realidad no siempre basta —escribe—. A veces, la única forma de explicarla es inventarla.
El trabajo se convirtió en refugio, y la pluma, en trinchera. Mientras tanto, Paula crecía como una niña dulce, introspectiva, con una fe sólida y una ternura feroz. Isabel observa con asombro ese carácter tan distinto al suyo. —Tú eres la luz serena —le dice en sus pensamientos—, yo fui un relámpago en plena tormenta.
Todo parece avanzar, hasta que la sombra se alza. El golpe militar se aproxima. La normalidad que habían construido se romperá de forma irremediable. Pero antes, Isabel planta su semilla: empieza a escribir, primero por necesidad, luego por instinto. La semilla de “La casa de los espíritus” ya está en su sangre.