Belén. Caballo de Troya 12
Belén. Caballo de Troya 12 El fariseo frunció el ceño, azotó las riendas y se alejó sin decir más.
Un silencio pesado cayó sobre ellos. La noche llegaba, y con ella, la decisión más difícil: seguir huyendo o caminar directo al corazón del peligro.
Pedro se acercó a Jasón y le susurró: ―No lo entiendo. ¿Por qué no huimos?
Jasón tragó saliva. Tampoco lo entendía. Pero algo en los ojos de Jesús le decía que, tal vez, la huida nunca fue el plan.
El aire olía a tierra mojada y ceniza. La noche había caído, y con ella, la sensación de que estaban atrapados en una ratonera. Jasón revisó el terreno con la mirada de un soldado. Demasiados espacios abiertos, demasiados puntos ciegos. La colina al este podía ser una vía de escape, pero si las patrullas se movían rápido, quedarían arrinconados.
―Nos vamos.― dijo Andrés en voz baja.
Jesús se volvió hacia él y sonrió. ―¿Hacia dónde?
La pregunta quedó flotando en el aire. Nadie tenía una respuesta. Porque la verdad era una sola: ya no quedaban caminos seguros.
―Si nos quedamos, nos atraparán.― insistió Tomás.
―Si corremos, también.― replicó Pedro.
