GOG
GOG Yuri temblaba a su lado.
—Nos van a matar, ¿cierto? —susurró, solo para que Stare la oyera.
Stare apretó la mandíbula. No. No sin respuestas.
Minutos después, el auto se detuvo en un complejo en mitad del desierto. Sin letreros. Sin identificación. Solo un edificio de hormigón y una barrera de seguridad que se levantó en cuanto el coche se acercó.
—Salgan —ordenó el agente.
Las condujeron a una sala blanca, sin ventanas. Un hombre con bata de laboratorio las esperaba.
—Siéntense —dijo, señalando dos sillas.
Stare no se movió.
—No hasta que alguien nos diga qué está pasando.
El hombre sonrió. Un gesto sin calidez.
—Ustedes ya saben lo que está pasando, doctora. Por eso están aquí.
Stare cruzó los brazos.
—Díganlo en voz alta.
El hombre sacó una tableta y deslizó los dedos sobre la pantalla. Frente a ellas apareció una imagen.
Gog.
El asteroide giraba en la negrura del espacio como un mensajero de muerte.