Harry Potter y la piedra filosofal
Harry Potter y la piedra filosofal —¿Normales? —rugió Hagrid—. ¿Y crees que es normal hacer dormir a un niño en una alacena? ¡Eres una desgracia, Petunia!
Harry apenas podÃa procesar las emociones que lo inundaban: tristeza por sus padres, furia por las mentiras, y un atisbo de algo más... esperanza. Por primera vez, alguien le hablaba como si él importara.
—Ya basta de esto —dijo Hagrid, poniéndose de pie de golpe—. Tienes un lugar en Hogwarts , la mejor escuela de magia que existe. Es hora de que dejes este agujero y vengas conmigo.
A la mañana siguiente, Hagrid lo llevó al Callejón Diagon , un lugar vibrante donde la magia estaba en cada esquina. Las tiendas estaban llenas de cosas que Harry nunca habÃa imaginado: calderos, túnicas, varitas. En Gringotts , descubrió una bóveda llena de oro que sus padres le habÃan dejado. La emoción lo llenaba mientras compraba su primera varita, que le pareció viva al rozar sus dedos.
Cuando finalmente llegó al andén 9 ¾ y vio el tren que lo llevarÃa a Hogwarts , algo dentro de él cambió. Harry Potter, el chico bajo la escalera, ya no era un don nadie. Era un mago, y su verdadera vida apenas comenzaba.