Harry Potter y la piedra filosofal
Harry Potter y la piedra filosofal Al llegar al pasillo prohibido, el aire era más frío de lo normal, y Fluffy les gruñó con fiereza. Ron temblaba, pero Harry sacó la flauta que había tomado de Hagrid y comenzó a tocar. Las notas, torpes al principio, lograron su cometido. El gigante de tres cabezas cerró sus ojos uno por uno hasta quedar profundamente dormido. “Vamos, antes de que despierte”, susurró Hermione.
Saltaron por la trampilla y cayeron en un mar de oscuridad que los recibió con un ruido sordo. Antes de que pudieran orientarse, algo comenzó a moverse. “¡Son plantas!”, gritó Hermione mientras unas gruesas lianas intentaban atrapar sus pies. Era la trampa del Diablo , una planta mágica que apretaba más cuanto más te resistías. Harry trató de liberarse, pero cada movimiento lo hundía más en su abrazo mortal.
—¡Dejen de moverse! —exclamó Hermione, manteniendo la calma—. ¡Confíen en mí!
Ron y Harry, aunque reticentes, dejaron de luchar. La planta, como si hubiera perdido interés, los soltó. Hermione sacó su varita y conjuró una luz cálida que hizo que las lianas se retiraran por completo.