Harry Potter y la piedra filosofal
Harry Potter y la piedra filosofal Pero el mundo no se había olvidado de Harry Potter. Los primeros indicios llegaron en forma de cartas. Aquella mañana, mientras Harry preparaba el desayuno (porque, claro, siempre era su responsabilidad), algo golpeó la puerta con fuerza. Al abrir, encontró un sobre dirigido a él: “Señor Harry Potter, alacena bajo las escaleras”. Jamás le habían escrito una carta. Harry, con manos temblorosas, la abrió a medias antes de que el tío Vernon se la arrancara.
—¿Qué tienes ahí, chico? —gruñó, sus pequeños ojos como botones escrutando el sobre. —Es... mía —dijo Harry, sorprendiéndose de su propio atrevimiento. —¡Nada de cartas para ti! —gritó Vernon, rompiéndola en mil pedazos frente a sus ojos.
Al día siguiente llegó otra carta. Y otra. Y otra. Cada intento de Vernon por destruirlas era más desesperado: las quemaba, las trituraba, incluso trató de bloquear el buzón con un clavo gigante. Pero las cartas seguían llegando, ahora a través de ventanas, chimeneas, e incluso debajo de la puerta del baño.
Las cosas se salieron de control un domingo. Harry miró con asombro cómo una lluvia de cartas descendía sobre la sala como si las paredes mismas las expulsaran. Dudley chillaba, tratando de atrapar una mientras Vernon corría gritando incoherencias. Harry, por un instante, casi pudo tomar una, pero su tío lo apartó.
