Shogun
Shogun El atacante no tuvo oportunidad. Blackthorne lo empujó contra la pared, su daga deslizándose entre las costillas del hombre. Un jadeo. Un gorgoteo. Y el silencio.
El cadáver se desplomó en el suelo.
La puerta se abrió y Mariko apareció, con el rostro pálido pero la mirada firme.
—¿Estás herido?
Blackthorne negó con la cabeza, su respiración agitada.
—¿Quién lo envió?
Mariko lo miró con tristeza.
—Alguien que teme lo que podrías llegar a ser.
Blackthorne comprendió.
Ya no era solo un extranjero en este juego de poder.
Era una amenaza.
Toranaga no se sorprendió cuando Blackthorne le contó lo sucedido.
—¿Esperabas que te recibieran con los brazos abiertos, Anjin-san? —dijo, con una sonrisa apenas perceptible.
—Esperaba que al menos me dejaran vivir.
Toranaga lo estudió con la paciencia de un hombre que movía piezas en un tablero invisible.
—Vivirás… si aprendes a ser más astuto que ellos.