Shogun
Shogun —¡No os mováis! —gritó alguien en un idioma incomprensible.
Uno de los marinos intentó levantarse. No llegó muy lejos. La hoja de una katana trazó un arco perfecto en el aire y su cabeza rodó como una fruta madura desprendiéndose del árbol.
El silencio cayó sobre la playa.
Blackthorne no era un hombre que se dejara dominar por el miedo, pero entendió algo con total claridad: estaba en tierra enemiga.
—¡Somos navegantes! —intentó decir, mezclando palabras en español y portugués, lenguas que habían servido de salvavidas en el pasado.
Los guerreros no respondieron. Solo miraron. Uno, con una ar+dura más elaborada que los demás, inclinó levemente la cabeza y dio una orden.
Los supervivientes fueron atados y llevados al interior del país.
Las aldeas eran de madera y papel, extrañamente limpias y organizadas. El aire olía a pescado seco y a incienso. Los habitantes, silenciosos, observaban a los extranjeros con una mezcla de curiosidad y desprecio.
Los llevaron ante un hombre gordo, vestido con una túnica llamativa, que los miró como si fueran insectos aplastados en su zapato. Omi-san, el daimyo de la región.
