Shogun
Shogun Blackthorne no respondió de inmediato. SabÃa que cada palabra debÃa ser escogida con precisión quirúrgica.
—Soy inglés —dijo al fin—. Los portugueses y los españoles son nuestros enemigos.
El silencio en la sala se volvió denso. Algunos samuráis intercambiaron miradas, y Blackthorne sintió el filo invisible de su juicio sobre su piel.
Toranaga sonrió apenas.
—Interesante.
Los dÃas se convirtieron en semanas. Blackthorne no era prisionero, pero tampoco era libre. Se le permitió moverse dentro de los lÃmites del castillo, aprender el idioma y, poco a poco, descubrir las reglas del juego en el que estaba atrapado.
La primera lección fue simple: Japón no era Europa.
AquÃ, el poder no se gritaba ni se exhibÃa con pompa. Se deslizaba como una daga entre la seda, en miradas, en silencios, en gestos que podÃan decidir la vida o la muerte.
Lo aprendió la primera vez que vio a un hombre cometer seppuku.
Fue en la plaza central del castillo, al amanecer. Un samurái de alto rango, de rostro sereno, se arrodilló sobre un cojÃn. Detrás de él, su kaishakunin esperó en posición, la katana lista.