Daisy Miller
Daisy Miller —Creo que mamá, después de todo, no irÃa. No quiere cansarse por las tardes. Pero ¿lo que acaba de decirme significa efectivamente que quiere usted ir al castillo de Chillon?
—Ardientemente —declaró Winterbourne.
—Entonces podemos arreglarlo. Si mamá quiere quedarse con Rodolfo, creo que vendrá Eugenio.
—¿Eugenio? —inquirió Winterbourne.
—Eugenio es nuestro secretario. No quiere quedarse con Rodolfo. ¡Es el hombre más fastidioso que he conocido! Eso sÃ, es un excelente guÃa. De todos modos, si mamá se lo manda, espero que acceda a quedarse con el pequeño, y entonces nosotros podrÃamos subir al castillo.
Winterbourne reflexionó un instante, pensando con placer que aquel «nosotros» no podrÃa indicar otras personas que la señorita Miller y él. El programa le pareció, desde luego, tan agradable, que consideró obligado besar la mano de la joven.
Posiblemente lo hubiera hecho asÃ, pero cuando se hallaba acariciando la idea, se presentó otra persona, presumiblemente Eugenio.
En efecto. Un hombre esbelto, con soberbias patillas, ataviado con un traje de mañana, de terciopelo, y brillante cadena de reloj, se aproximó a la señorita Miller, mirando severamente a su acompañante.