Daisy Miller
Daisy Miller —¡Hola, Eugenio! —exclamó ésta con acento amistoso.
Eugenio miró de pies a cabeza a Winterbourne; después se inclinó ceremoniosamente ante la joven.
—Tengo el honor de anunciar a la señorita que el almuerzo está servido.
La señorita Miller se levantó lentamente y dijo:
—Ya ve usted, Eugenio, por fin voy a subir al castillo de Chillon.
—Señorita, ¿al castillo de Chillon? ¿Se ha comprometido la señorita? —preguntó Eugenio, en un tono que sonó a Winterbourne a impertinencia.
La actitud del secretario descubría cierta intención irónica sobre la situación de la señorita Miller.
Daisy se volvió a Winterbourne sonrojándose un poco, muy poco, y le preguntó:
—¿Se arrepiente usted?
—Nada de eso. No me consideraré feliz mientras no hayamos ido —protestó.
—¿Reside usted en este hotel? ¿Es usted norteamericano?
El secretario se detuvo, mirando ofensivamente a Winterbourne.
Winterbourne interpretó su actitud como un reproche a la señorita Miller y como una exigencia a su obligación de presentarse concretamente, y añadió: