Daisy Miller

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II

Winterbourne, sin embargo, se había comprometido seriamente con la señorita Daisy Miller al prometerle una visita a la señora Castello.

Tan pronto como esta dama se halló repuesta de su dolor de cabeza, Winterbourne se presentó en su habitación y, tras las oportunas preguntas sobre su salud, se informó sobre si había visto o conocido en el hotel a una familia norteamericana, compuesta de una madre, una linda hija y un niño.

—Y un secretario —añadió la señora Castello—. Si, desde luego, las he observado, las he visto, las he oído, y sé y conozco algo de su vida.

La señora Castello era viuda rica y persona muy distinguida, y si no hubiera padecido tan terriblemente de jaqueca, probablemente hubiera dejado huella en su tiempo. Tenía una cara muy pálida, gran nariz, y disfrutaba una notable cabellera blanca, que peinaba en dos largas trenzas arrolladas en moño sobre lo alto de su cabeza. Tenía dos hijos, casados en Nueva York, y un tercero, entonces en Europa, divirtiéndose en Hamburgo, con quien, aun hallándose en constante viaje, jamás coincidía en alguna ciudad de las que también ella visitaba. Su sobrino, en cambio, había dejado Ginebra, expresamente para venir a verla. Era, pues, más atento que quienes, por razón de parentesco, debieran estar más cerca de ella, como ella misma manifestaba.


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