Daisy Miller
Daisy Miller Winterbourne habÃa dejado Ginebra con la idea, más firme que nunca, de visitar a su tÃa, la señora Castello, a quien no veÃa hacÃa algún tiempo, con lo cual la buena señora se hallaba sumamente agradecida a su sobrino, hallándose dispuesta a iniciarle en muchos de los secretos de la sociedad que la rodeaba, procedente, como le hizo saber, de América. La señora Castello reconocÃa ser muy selectiva, pero si él hubiera estado mejor informado sobre Nueva York, comprenderÃa que lo fuese. Pudiendo presentarle una minuciosa pintura de la constitución jerárquica de la sociedad neoyorquina a varias luces, y siempre, imaginaba Winterbourne, enérgicamente flagelada. Al tratar de la familia Miller, Winterbourne se dio cuenta rápidamente de que su tÃa la situaba en una baja escala social.
—Tengo el temor de que no la apruebe usted —dijo.
—SÃ, efectivamente, pertenecen a una clase inferior —declaró la señora Castello—. A esa clase norteamericana sobre la que una tiene sus dudas.
—¿Y a la señorita Miller tampoco la acepta usted? —preguntó el joven.
—No, no puedo, Federico. Yo bien quisiera, pero… no puedo.
—La hija, la muchacha, es muy guapa —afirmó de repente Winterbourne.