Daisy Miller
Daisy Miller —¿Vais juntos al castillo? Entonces puedo afirmar lo contrario. ¿Cuánto tiempo hace que la conoces? ¿Se puede saber cuándo habéis concebido tan interesante proyecto? No debe de hacer ni veinticuatro horas.
—Hará media hora que la conocà —dijo Winterbourne sonriendo.
—¡Cómo! —exclamó la señora Castello—. Eso es una solemne chiquillada.
Winterbourne guardó silencio un momento.
—Realmente, ¿lo cree usted asÃ? —comenzó diciendo con ansiedad, aunque fingiendo desear únicamente una frÃa información—. ¿Lo cree en realidad? —y de nuevo quedó silencioso.
—¿Que si creo qué? —preguntó su tÃa—. ¿Que sea de la clase de mujeres que espera, más pronto o más tarde, hallar un hombre que le dé su nombre? No tengo la menor idea que pueda pensarlo asÃ. Lo que sà creo es que harÃas bien no mezclándote con señoritas norteamericanas tan ligeras como la de que me hablas. Vives hace mucho tiempo fuera de tu patria, y puedes tener la seguridad de estar a punto de cometer una grave equivocación. Eres muy inocente.
—Querida tÃa, no soy tan inocente como aparento —replicó Winterbourne, sonriendo y retorciéndose el bigote.
—Entonces…, entonces eres un tronera.