Daisy Miller
Daisy Miller Winterbourne continuó retorciéndose meditativamente su bigote.
—TÃa, ¿no accedes entonces a permitir que te presente a esa muchacha?
—¿Es realmente cierto que vas a ir con ella al castillo de Chillon?
—Pienso hacer lo posible porque realmente sea asÃ.
—Entonces, mi querido Federico, declino el honor de la presentación. Soy ya una señora anciana; pero, gracias a Dios, no chocheo.
—A fin de cuentas, tÃa, ¿son tan extraordinarias estas cosas en las señoritas norteamericanas? —preguntó Winterbourne, recordando haber oÃdo decir que sus primas de Nueva York eran tremendamente coquetas. Si la señora Castello creÃa que Daisy se excedÃa de la liberal licencia concedida a las muchachas jóvenes en Nueva York, entonces era seguro que no podÃa esperar nada de su tÃa.