Daisy Miller
Daisy Miller Winterbourne se hallaba impaciente por volver a ver a Daisy y se hallaba también descontento de sà mismo por haberle fallado su instinto al no haber juzgado acertadamente a la muchacha. Aunque estaba deseando verla, temÃa no dar con una razón que justificase la repulsa de su tÃa a la presentación. Pronto descubrió que no era necesario andar con excesivos rodeos con la señorita Daisy Miller. Aquella misma tarde se encontró con ella paseando por el jardÃn.
Estaba tomando el sol como una linda sÃlfide indolente, aireándose pausadamente con el abanico que siempre llevaba consigo.
Winterbourne habÃa comido con su tÃa, permaneciendo después un rato de tertulia con ella y despidiéndose por último hasta el dÃa siguiente. Daisy pareció muy contenta al verle, y le manifestó que estaba pasando una tarde deliciosa.
—¿Sola o acompañada? —inquirió el joven.
—Di unos pasos acompañada por mamá, pero se cansó pronto y se fue a casa —repuso.
—¿Se ha retirado, acaso, indispuesta a la cama?
—No, no le gusta la cama ni para dormir. No duerme nunca más de tres horas. Ella misma dice que no sabe cómo vive. Es extremadamente nerviosa; yo creo que duerme más de lo que piensa. Se fue poco después de Rodolfo, para ver si le convencÃa y le acostaba, pero él no quiere.