Daisy Miller

Daisy Miller

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—Ya ve usted, he tenido que venir totalmente sola —dijo la pobre dama—. Estoy horrorizada, no sé ni qué hacer. Es la primera vez. Yo siempre he sido cosa aparte, y más desde que hemos llegado a esta dichosa ciudad. Quería que me hubiera acompañado Eugenio, Rodolfo, cualquiera, pero Daisy no lo consintió y me mandó sola a la calle. Y yo no tengo costumbre de andar sola.

—¿Es que su hija no nos va a honrar con su presencia? —preguntó la señora Walker con impaciencia.

—Tal vez; ha quedado vistiéndose —dijo la señora Miller con un acento resignado, si no filosófico, con lo que daba a entender que no olvidaba los incidentes que siempre surgían al paso de su hija—. Se vistió con tal fin antes de la comida, pero en esto llegó uno de esos amigos suyos, ese caballero que se proponía presentar, el italiano. Después se dirigieron al piano como si no pensaran separarse de él. El señor Giovanelli canta espléndidamente… Pero me parece que acabarán por venir —concluyó, esperanzada, la señora Miller.

—Pues sentiría sinceramente que viniese en tal compañía —comentó la señora Walker.

—Yo le dije —replicó la madre de Daisy— que no era costumbre vestirse antes de comer para tener que esperar después tres horas, y que me parecía que no venía a cuento ponerse aquel vestido para quedarse en casa con el señor Giovanelli.


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