El Alumno

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—Tenemos que ocuparnos de esto, ¿no te parece, querida? —le dijo a su esposa. Le aseguró a su joven amigo que dedicaría al asunto toda su atención; y desapareció de la vista tan escurridizamente como si no tuviese más remedio que atravesar la puerta, pese a no desearlo.

Cuando momentos después, Pemberton se encontró a solas con la señora Moreen le oyó decir «claro, claro», al tiempo que se acariciaba el mentón con la apariencia de que su única duda consistía en elegir entre una docena de remedios fáciles. Si bien no hicieron el viaje, el señor Moreen pudo, al menos, desaparecer por espacio de varios días. Durante la ausencia de éste, su esposa abordó el asunto de nuevo de manera espontánea, pero su única innovación consistió en decir que siempre había pensado que se llevaba a las mil maravillas con el tutor. La respuesta de Pemberton ante aquella revelación fue que a menos que pusieran inmediatamente una suma sustanciosa en su cuenta los dejaría para siempre. Sabía que ella se preguntaría cómo iba a arreglárselas para marcharse y por un momento temió que lo hiciese. Afortunadamente no lo hizo, y Pemberton se sintió casi agradecido hacia ella, ya que apenas hubiera podido responder.



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