El Alumno
El Alumno Aún seguÃan sin haber disfrutado de las ventajas del verano cuando, en el momento en que se disponÃan a emprender viaje, el joven tuvo una idea que dio al traste con la copa que los Moreen estaban a punto de llevarse a los labios. Fue el primer estallido, como él lo llamaba, que tenÃa con sus patronos; su primer intento exitoso —aunque no fue mucho más lejos— de hacer que los Moreen tomaran conciencia de la situación insostenible en la que se hallaba. Siendo la vÃspera de un viaje a todas luces costoso, le pareció que era el momento oportuno para realizar una protesta seria, para dar un ultimátum. Por ridÃculo que sonara, todavÃa no habÃa tenido ocasión de mantener una entrevista en privado con los padres sin que les interrumpieran, ni con los dos juntos ni con ninguno de ellos por separado. Siempre estaban rodeados de sus hijos mayores, y el pobre Pemberton solÃa tener su propia pequeña carga a su lado. Era consciente de que en aquella casa la privacidad brillaba por su ausencia; no obstante, seguÃa manteniendo intactos los escrúpulos que le impedÃan anunciar, en público, al señor y la señora Moreen, que no podÃa continuar por más tiempo sin disponer de un poco de dinero. SeguÃa siendo lo bastante ingenuo como para suponer que Ulick, Paula y Amy desconocÃan que desde su llegada sólo habÃa recibido ciento cuarenta francos; y era lo bastante magnánimo como para no querer comprometer a los padres ante sus hijos. El señor Moreen le prestó atención, pues como hombre de mundo que era siempre escuchaba todo cuanto tuvieran que decirle. Mientras atendÃa a Pemberton daba la impresión de estarle pidiendo —aunque, por supuesto, no de una manera burda— que tratase de tener un poco más de entereza. Pemberton reconoció, de hecho, lo importante que era tener carácter, al ver lo útil que le resultaba tal actitud al señor Moreen, ya que ni siquiera se mostraba confundido o avergonzado, en tanto que el pobre joven a su servicio lo estaba más de lo que requerÃan las circunstancias. Tampoco se mostraba sorprendido, al menos no más de lo necesario en un caballero que libremente se confesaba un tanto desconcertado, aunque no estrictamente por causa de Pemberton.