El Alumno

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Después de todo, reflexionó Pemberton, se trataba únicamente de una diferencia de criterio y los criterios no importaban mucho. Hasta la fecha, habían optado por la teoría de la remuneración, y a partir de ahora optarían por la del servicio gratuito; ¿pero por qué habían de malgastar tantas palabras para ello? La señora Moreen persistía en su empeño de resultar convincente; sentada allí, con los cincuenta francos en la mano, hablaba y se repetía, como se repiten las mujeres, aburriéndole e irritándole, mientras él permanecía apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos de la bata, juntándolas en torno a las piernas y mirando por encima de la cabeza de su visitante los marcos grises de su ventana. La señora Moreen concluyó irritada:

—Como verá, vengo con una propuesta definitiva.

—¿Una propuesta definitiva?

—Regularizar nuestras relaciones, por decirlo así… asentarlas sobre una base cómoda.

—Ya entiendo… es un sistema —dijo Pemberton—. Una especie de chantaje organizado.

La señora Moreen se puso tensa, que era exactamente lo que el joven quería.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Usted utiliza el miedo que uno siente…, miedo de lo que le ocurriría al niño si uno se marchase.


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