El Alumno
El Alumno —Y, dÃgame, se lo ruego, ¿qué le ocurrirÃa al niño si se diera ese supuesto? —preguntó ella con aire majestuoso.
—Pues que se quedarÃa solo con ustedes.
—Y, dÃgame, por favor ¿con quién deberÃa estar un niño si no es con las personas a las que más quiere?
—Si eso es lo que piensa, ¿por qué no me despide?
—¿Pretende dar a entender que le quiere a usted más que a nosotros? —gritó la señora Moreen.
—Creo que deberÃa ser asÃ. Yo me sacrifico por él. Aunque he oÃdo hablar de los sacrificios que hacen ustedes, yo no los he visto.
La señora Moreen le miró fijamente un momento; después, emocionada, tomó a Pemberton de la mano.
—¿Hará usted… el sacrificio?
Pemberton estalló en una carcajada.
—Ya veré…, haré lo que pueda…, me quedaré un poco más. Su cálculo es acertado: me resulta profundamente insoportable la idea de dejar al niño; le tengo cariño y me interesa mucho, a pesar de los inconvenientes que vengo soportando. Usted conoce perfectamente mi situación. No tengo ni un solo penique y, ocupado como estoy con Morgan, no puedo ganar dinero.
La señora Moreen se dio unos golpecitos en su brazo desnudo con el billete doblado.