El Alumno

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—¿No puede escribir artículos? ¿No puede traducir, como hago yo?

—En cuanto a las traducciones, no sé; están muy mal pagadas.

—Yo me alegro de ganar lo que puedo —dijo la señora Moreen con aire virtuoso y la cabeza alta.

—Debería decirme para quién las hace —Pemberton hizo una pausa y ella no dijo nada, por lo que continuó—: He intentado que me publicaran algunas cosas, pero las revistas no las aceptan…, me las devuelven dándome las gracias.

—Ya ve entonces que no es usted ningún fénix —apuntó su interlocutora con una sonrisa— como para fingir que está sacrificando su talento por nuestra causa.

—No dispongo de tiempo para hacer las cosas adecuadamente —prosiguió Pemberton. Entonces, como si de repente se le hubiera ocurrido que dar aquellas explicaciones era de una buena voluntad casi despreciable, añadió—: Si me quedo más tiempo ha de ser con una condición: que Morgan sepa claramente cuál es mi situación.

La señora Moreen objetó.

—¿No querrá usted alardear delante del niño?

—¿Se refiere a airear cómo son ustedes?

La señora Moreen dudó de nuevo, pero esta vez fue para ofrecer una flor aún más delicada:

—¡Y es usted el que habla de chantaje!


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