El Alumno

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—Puede evitarlo fácilmente —dijo Pemberton.

—Y es usted el que habla de utilizar el miedo —prosiguió valientemente la señora Moreen.

—Sí, no hay duda de que soy un grandísimo sinvergüenza.

La mujer lo miró a los ojos un momento; era evidente que se sentía profundamente molesta. Entonces le tendió el dinero.

—El señor Moreen quiere que le dé esto a cuenta.

—Se lo agradezco mucho al señor Moreen; pero no tenemos ninguna cuenta.

—¿No quiere cogerlo?

—Así soy más libre —dijo Pemberton.

—¿Para envenenar la mente de mi querido hijo? —gimió la señora Moreen.

—¡Oh, la mente de su hijo querido! —se rió el joven.

Ella clavó en él su mirada, y Pemberton pensó que iba a estallar atormentadamente, suplicando: «Por el amor de Dios, ¡dígame qué pasa por su mente!». Pero la señora Moreen refrenó aquel impulso…, ya que sintió otro más poderoso. Se guardó el dinero en el bolsillo —la crudeza de la alternativa resultaba cómica— y salió apresuradamente de la habitación, haciendo una concesión desesperada:

—¡Puede contarle todos los horrores que quiera!


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