El Alumno
El Alumno Antes de que su joven amigo entrara de nuevo se oyó un fuerte golpe en la puerta que comunicaba con la escalera, seguido de la aparición de un joven empapado que asomó la cabeza. Pemberton reconoció en él al portador de un telegrama y supo que el telegrama iba dirigido a él. Mientras Morgan regresaba, él, después de haber echado un vistazo a la firma —de un amigo de Londres— leía estas palabras: «Te he encontrado un empleo magnífico, he llegado acuerdo des clases muchacho opulento, condiciones ídem. Preséntate inmediatamente». El mensajero esperaba la respuesta que, afortunadamente, estaba pagada. Morgan, que ya había llegado junto a ellos, también aguardaba mirando fijamente a Pemberton; éste, después de un momento, miró a Morgan a los ojos y le entregó el telegrama.
Realmente fue mediante un inteligente intercambio de miradas —tan bien se conocían— mientras el chico de telégrafos, con su capa impermeable, formaba un gran charco en el suelo, como se resolvió el asunto entre ellos. Pemberton escribió la respuesta a lápiz, apoyándose en los frescos de la pared, y el mensajero partió. Cuando se hubo ido, Pemberton le dijo a Morgan:
—Pediré unos honorarios elevadísimos; ganaré mucho dinero en poco tiempo y con eso viviremos.
—Bueno, espero que el muchacho rico sea tonto… seguro que lo es… —dijo Morgan entre paréntesis—, y que le retenga mucho tiempo.